La tierra recuerda

Archivos y memorias de la geografía ancestral desde Karukinka

PORTADA: El puente como capa de olvido. Archivo del Museo Municipal Virginia Choquintel (Río Grande, Tierra del Fuego).

Los bosques, lagos y montañas de Karukinka —nombre que los selk’nam dan a Tierra del Fuego— son jowen, es decir, seres antiguos que habitan la isla desde los orígenes del mundo. En la cosmología selk’nam, los jowen son cerros, ríos, vientos o estrellas que alguna vez fueron personas o espíritus y permanecen en la tierra, como cuerpos vivos del paisaje, o en el cielo, como cuerpos celestes.

A lo largo de los siglos, esos territorios antiguos fueron reemplazados por mapas coloniales y nacionales. Tras la invasión y el genocidio, el colonialismo borró nombres, rituales e historias. Así, el mundo mágico de los ancestros se volvió invisible, aunque nunca desapareció. Hoy, cada vez más integrantes de la comunidad indígena retornan a estos paisajes sagrados como guardianes de la memoria de la tierra, porque las piedras, cerros y ríos cuentan la historia de su pueblo.


“Nombrar un río o una montaña
es decidir qué memorias permanecen y cuáles se borran.
Volver a nombrar como los antiguos y devolver la historia
a los paisajes ancestrales es reponer la memoria arrebatada
y afirmar el derecho a imaginar
y habitar los territorios en clave propia”


DESIERTO, MAPAS Y NOMBRES

Hacia fines del siglo XIX, los territorios selk’nam fueron apropiados por unos pocos empresarios capitalizados, cercados con alambrados y convertidos en propiedad privada. La ganadería ovina intensiva se expandió para afirmar la soberanía de los Estados nacionales y abastecer los mercados internacionales. Así, se consolidó un colonialismo de asentamiento de colonos —devenidos pioneros— que procuró eliminar y sustituir a la población indígena.

Este proceso implicó desplazamientos forzados, matanzas, reclutamiento en campos de concentración, robo de niños y enfermedades importadas que provocaron un colapso demográfico. Los sobrevivientes fueron evangelizados, empleados como mano de obra e incorporados a la ciudadanía; donde su identidad fue negada durante décadas. Sin embargo, a pesar de todo esto, nunca abandonaron sus territorios. En 2021, a partir del reclamo de la Comunidad Indígena Rafaela Ishton, el Estado Provincial reconoció oficialmente estos hechos como un genocidio.

Una de las huellas más persistentes del colonialismo es la violencia ejercida sobre y a través del espacio. No solo se trata de apropiaciones materiales, sino también de desigualdades en las formas de imaginar y habitar los territorios. Al renombrar los paisajes, los colonos y el Estado crearon una nueva geografía de la memoria. Allí donde había montañas sagradas y parientes transformados en agua y piedra, los nuevos propietarios vieron recursos, pasturas o madera. Así, imaginaron su propia historia asociada al sacrificio pionero y al progreso, mientras borraban los paisajes indígenas.

Nombrar no es un acto neutral, es ejercer poder. Quien nombra un río o una montaña decide qué memorias se inscriben en ellos y cuáles quedan silenciadas. Por eso, volver a nombrar es una forma de recomponer los lazos con los territorios y los seres que los habitan. Estos seres, que evocaban guerras e historias del tiempo de los jowen —el tiempo del matriarcado, cuando no existía la muerte y se originó todo lo viviente— fueron rebautizados con nombres de militares y gobernadores. Así, muchos ríos y lagos recibieron nombres de santos o denominaciones arbitrarias en castellano o inglés. En otros casos, conservaron sus nombres, pero sus historias fueron olvidadas.

Pese a los silencios impuestos, la tierra conserva la memoria de sus antiguos dueños. Aunque varias generaciones indígenas crecieron sin conocer los nombres ancestrales, esas presencias que parecían ausentes insisten en el presente. Entonces, pequeños gestos, como hacer talleres de lengua, recorrer los territorios antiguos o investigar los archivos, tienen el potencial de descolonizar la imaginación y de abrir otros modos de habitar y comprender el territorio.

AITH Y EL PUENTE JOSÉ MENÉNDEZ

Hace unos meses, Alesis González y Antonela Guevara, integrantes de la comunidad selk’nam, propusieron organizar una serie de encuentros para recomponer la historia del territorio comunitario, en vísperas del centenario de su recuperación, celebrado el 29 de julio de 2025. La propuesta retomaba un camino de trabajo conjunto iniciado hace más de una década con referentes como Miguel Pantoja, intelectual selk’nam dedicado al estudio de los archivos para recuperar la historia arrebatada y denunciar el genocidio de su pueblo.

El primer taller fue una experiencia de memoria y afecto, un espacio para compartir archivos, saberes y recuerdos. El encuentro activó memorias colectivas y reafirmó el compromiso de seguir reconstruyendo la historia junto a la comunidad. Entonces, decidimos continuar encontrándonos y volver, en cada ocasión, a la historia de un lugar distinto.

Así, una tarde de agosto emprendimos un viaje a los tiempos de los jowen para conocer la historia de un pequeño cerro ubicado a orillas del río Jorr —antiguo nombre selk’nam del actual río Grande. Para los antepasados de mis interlocutores, este cerrito era un jowen, un ancestro que al morir se transformó y permanece allí, vivo pero inmóvil. Rebautizado por los colonos como Cerro Águila, parece ser en realidad Aith, de acuerdo con los registros del misionero salesiano José María Beauvoir.

Con el avance colonial, este cerro fue progresivamente invisibilizado, junto con su historia. En su superficie se inscribieron nuevas marcas: una cruz, un santuario a la Difunta Correa y, frente a él, un puente de hierro bautizado con el nombre de José Menéndez (PORTADA), pionero latifundista y principal responsable del genocidio indígena. La obra, símbolo del progreso ganadero, cubrió la memoria del cerro con una nueva capa: la del colonialismo celebrado en la infraestructura urbana. Este puente, forjado en hierro, parecía destinado a perdurar para siempre. Sin embargo, se derrumbó en 2011 (FIGURA 1). Hoy solo persisten los restos oxidados como un recordatorio de la violencia estatal y estanciera.

FIGURA 1. Los lugareños lo llaman “Puente Colgante” o “Puente Viejo”, pero la tierra recuerda y es más persistente que el hierro. Foto: Facundo Viñabal.

En un primer momento pensamos que Aith —el cerro cuya historia fue borrada— podía ser Chaskels, el gigante antropófago del que hablan los antiguos relatos, pero seguimos revisando fuentes y contactamos a Pablo Torres Carbonell. Él recordó un pasaje de un libro de Nelly Penazzo —una médica que en la década de 1990 compiló los archivos del genocidio selk’nam— donde identificaba a Chaskels como el cerro Tchat-chii. Recomponer historias es también seguir pistas y huellas.

Los paisajes y nombres antiguos condensan genealogías y vínculos espirituales, además de ser excelentes descriptores geográficos. Tal es el caso de Tchat-chii (FIGURA 2). Según los testimonios de Keitetowh, Halimink y Parren —recogidos por Martin Gusinde entre 1918 y 1924—, Chaskels era un gigante que, en los tiempos de los jowen, caminaba sobre la tierra y se alimentaba de seres humanos. Como atemorizaba a hombres, mujeres y niños, el poderoso Kwanyp lo enfrentó y lo ultimó junto al río. Luego, su cuerpo quedó tendido boca abajo, se transformó en roca y cambió su nombre. Visto desde lejos, Tchat-chii parece un gigante recostado. Desde el aire, puede distinguirse la forma de su columna vertebral dormida.

UN HORIZONTE DE JUSTICIA

Recuperar la geografía ancestral es un acto de justicia. Estos procesos pueden conducir a políticas como la cartelería bilingüe, la creación de áreas protegidas con gestión indígena o el reconocimiento jurídico de montañas y ríos como seres vivos. Pero el simple hecho de recuperar la historia ancestral de un cerro ya es una gran victoria. El gesto es frágil pero transformador, porque la tierra recupera la voz y la memoria insiste en volver.

Ese es también el horizonte del trabajo que emprendimos junto a integrantes de la comunidad selk’nam. Nos propusimos construir una contra-cartografía que restituya los nombres y relatos borrados, y que permita pensar otros modos de representar y habitar el territorio. No se trata solo de corregir los mapas coloniales, sino de volver a dibujar la isla desde las memorias, los afectos y las relaciones que la sostienen. En este camino, cada punto, cada camino y cada nombre recuperado es una forma de justicia territorial, una manera de hacer visible la persistencia de los jowen y de quienes caminan junto a ellos.

FIGURA 2. Chaskels, el gigante antropófago que se transformó en Tchat-chii. Foto. Pablo Torres Carbonell.

El puente de hierro cayó y sus restos se oxidan junto al silencio de los herederos del latifundio. En cambio, los cerros siguen en pie. Allí donde el colonialismo intentó imponer nombres, vuelven a escucharse las memorias ancestrales. Recuperar un paisaje no es solo recordar, es volver a escuchar a la tierra y reconocer que la justicia también se escribe en montañas, ríos y senderos. Mientras los símbolos del progreso se convierten en ruinas, la geografía ancestral permanece y espera ser nombrada, invocada en el recuerdo y habitada.


GLOSARIO

KWANYP: Según Martin Gusinde, Kwanyp fue un jowen que, al morir, se elevó al firmamento y se convirtió en la enorme estrella roja Betelgeuse. Hoy sigue allí con sus mujeres y conforman juntos la constelación deOrión.


ARTÍCULO PRINCIPAL. La tierra recuerda: Archivos y memorias de la geografía ancestral desde Karukinka. Autora: Ana Cecilia Gerrard. La Lupa Nº 27, diciembre 2025, 2-6, 2796-7360.